quarta-feira, 28 de janeiro de 2009

Una experiencia case religiosa, pero no tanto

Narrativas de viagens, por mais ficcional que sejam, sempre nos fazem refletir muito, graças ao potencial do texto (bem escrito) em nos proporcionar uma magnífica contemplação quando não uma tristeza além da conta. A partir desse pensar e, mais ainda, depois da leitura da crônica abaixo ,escrita por um amigo, pude perceber, após minhas reflexões, que somos mais atentos ao que nos é distante do que aquilo que está embaixo dos nossos olhos. Talvez seja porque não temos a coragem em assumir nossas drásticas diferenças e procurar diminuí-las. A crônica muito nos faz pensar sobre as semelhanças entre o que se vê nos Brasil e o que se vive nos países hermanos.
Em sua viagem a América Espanhola, estaria André Vilas Boas vendo fantasmas de incas e maias ou fazendo ficção e arte, cuja proposta maior é nos fazer refletir acerca de uma realidade nada distante da nossa? Creo yo que las dos cosas. Mira las palabras del chico brasileño y díme lo que te pareces.
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Un mundo diferente e igual
Por André Santos Vilas Boas*
Conocer a los pueblos para entender a mi propia condición de brasileño. Puede ser que ese no sea el principal motivo de mi viaje pero indirectamente forma parte de él. Mientras conozco un mundo diferente mi condición humana se amplía y éste, quizás, sea el secreto que me mueve hacia tierras latinoamericanas. Al pasar por provincias, ciudades, calles se me va poniendo claro lo que nos une con el nombre de latinoamericanos. Países ricos y, a la vez, paupérrimos caracterizan a este continente que insiste en manejarse con modelos de desarrollo que tienen como base mantener bienestar a unos pocos escogidos y miseria a la gran mayoría. Así, niños trabajan como se fueran adultos, mayores pordioseros en todas las plazas y esquinas, la violencia invadiendo todos los rincones y, en cambio, majestuosas casas y carros de lujo, por donde he pasado, me hicieron notar los grandes rectos que todavía tenemos por delante. Para mí, conocer otro país va más allá de visitar sitios turísticos. Estoy seguro de que mi mirada, en estos últimos días, vuela rumbo a los altos andes con el propósito de mantener el contacto con la lengua castellana, de conocer a la gente propia del país y, también, de registrar un mundo real con sus inmensas cifras de desigualdad. Un ejemplo elocuente de eso es Bolivia, país que conserva en su cara los ojos maltrechos de la pobreza. Luego de cruzar las fronteras por Paraguay sentí el impacto del choque cultural. Mujeres con sus abanicos en la mano se desviaban del sol de casi treinta y tres grados mientras sus hijos aprendían a caminar avanzando hacia los que bajaban del ómnibus para vender sus naranjitas. Soldados inventaban maneras para ganar dinero en la frontera acusando a los extranjeros de ilegales por razones que apenas sabían explicar. Después de ciento ochenta kilómetros por carreteras de tierra, llego a la primera ciudad boliviana en la que me alojaría, vi que aquella visión trágica se había quedado para atrás. Santa Cruz de la Sierra, unas de las ciudades más desarrolladas de Bolivia es el símbolo de un país que ha dado cierto, no obstante para pocos. Los grandes edificios y su población mayoritariamente descendiente de europeos no pudo esconder la gigante periferia pobre que daba otro ropaje a aquella imagen del centro, me sentí como en un gran centro brasileño. Al seguir para regiones más altas, el color de la gente y las condiciones de vida se fueron cambiando. Ahora, en Oruro, ciudad que tiene su carnaval como patrimonio de la humanidad, veo que el país es otro, más pobre, más indígena, menos viciado por la compra y la venta. Todas mis visiones me han convencido de que, a pesar de estar cerca de mi casa, un mundo ajeno me invadió y me hizo notar la grandiosidad de una cultura que intentar mantener rasgos de sus antepasados. No me sobra duda que Pachamama (Madre Tierra venerada por los incas) vive aún en la sangre de la gente sin quitarle el derecho de venerar a otros dioses. Sé que el muchacho que escribe estas palabras no es el mismo de antes. A cada paso se me asoma la certeza de que todavía falta al mundo el respeto por el diferente. De esta manera, he tratado de conocer estos pueblos sin la pretensión de pertenencia a una cultura mejor o mayor. El André de hoy sabe que para que el mundo tenga en su cara una risa pintada por la igualdad, hace falta luchar por ello. Para eso, no hace falta ir tan lejos porque, aunque Brasil haya conseguido tasas de desarrollo que en mucho superan los números bolivianos, estamos unidos por un rasgo común: somos pueblos que permiten el nudo de la desigualdad. El mensaje principal que llevo de esta vivencia es que crecemos mucho cuando vemos el otro, cuando lo interpretamos y intentamos comprenderlo. He aprendido también que mucho falta para que logremos un mundo mejor, en el que todos se respeten y nutran el deseo de ser cada vez más seres humanos. Por lo tanto, ¡manos a la obra, amigos!
*André Vilas Boas vive en Feira de Santana, donde estudia Letras Españolas en Uefs, y trabaja enseñando sus alumnos a aprender la cultura, literatura y lengua españolas. A enero, él se fue a distintos países de la América del Sul como Uruguay y Chile. E-mail: andreh_esp@hotmail.com. (Foto: André Vilas Boas).

5 comentários:

Silvestre Gavinha disse...

Olá, vim agradecer a visita e o comentário no Gavinhas.
Gostei do teu blog e do relato de seu amigo também.
Seja muito bem vindo no meu espaço.
Marie

Emanuela disse...

Olá. Vim, gostei e estou também levando teu link para meus dois espaços Emanuela,no SAPO e no BLOGGER.Havemos de nos encontrar. Um abraço!

Palatus disse...

Volte sempre, Marie...a casa é sua!

Palatus disse...

Oi Emanuela, obrigado...por linkar. Eu não consegui achar teu blog. Poe o link aqui. Bjo

Michele disse...

Olá André, parabéns pelo texto
e por compartilhar um poco de sua linda experiência.
Você é um "Che" brasileño, sou
sua fã rsrs
Gran Beso y muito sucesso!!!!